martes 9 de enero de 2007
BLOG NUEVO
Sí, mi nuevo blog por el que abandono éste. En: www.nunca-nada-no.bipolar.com.ve Ahí nos vemos.
jueves 4 de enero de 2007
Año nuevo, vida nueva

La sentencia está dada. Un tufo a propósito de enmienda corre por las calles y se cuela con la brisa en los balcones, con el polvo en las alfombras welcome, con un brillito inquietante en las miradas: bajar de peso, dejar de fumar, cambiar de ambiente, encontrar el amor/trabajo/idea de mi vida, salirse del closet... el hasta hoy, el no lo vuelvo a hacer, el a partir de hoy vuelven a estar de moda como en todos los comienzos de año. Y este primero de enero fue, para rematar, día lunes, el GRAN LUNES, el comienzo-línea de partida de todos los proyectos, todos los deseos y necesidades, imposibles de alcanzar un miércoles cualquiera de marzo, pero perfectamente justificados no más por el simple hecho de comenzar un año. El comienzo de año va así validando en la cabeza de los mortales un derecho de cambio legítimo, una cosa no meditada, que arranca de la nada o de las entrañas mismas, pero que se viste de inminencia cuando lo declaras en voz alta. Lo pro-me-tes. Entonces, todo el mundo detiene su marcha hacia la muerte y te mira decir aquello, declarar tu promesa. El cosmos detiene su dinámica circular y cae en un estaticismo chicloso, una cámara lenta deformante de gestos, que oscurece la voz; se detiene para escucharte pronunciar el cambio. Y a partir de ese momento, amigo mío, al mundo detenido no le queda otra que esperar: en tu mente -y sólo en tu mente- los rostros cotidianos se tornan expectantes, son signos interrogantes que te susurran con los buenos días y con el nos vemos de despedida, un pausado y ya dejaste el cigarro definitivamente? que no deja de atormentarte. Porque cuando uno anuncia cambios, lo que se espera son cambios. Y este se espera es impersonal porque nos pertenece a todos, los que miramos con ansiedad tu vida, los que decidimos ignorarla, los que ni siquiera te escuchamos prometer nada.
Particularmente me resulta terrorífico andar lanzando promesas al aire. Prefiero no ser tomada en cuenta o ser escuchada con la atención que se le presta al niño flojo que promete no raspar ni una materia este año escolar. Prefiero ser ignorada cuando prometo porque me cansan, me afligen las expectativas que la gente pueda formarse de mi. Y un año nuevo, francamente, no me justifica la mudanza. Debo decir que los cambios a los que aspiro no se miden por años: los que conozco han sido generalmente bruscos, de una semana a la otra, suceden sin mi consentimiento, y por suerte, casi siempre fueron positivos. Me gusta en líneas generales mi vida, y los cambios que podría inflingirle no pasan de una costurita que otra, simples y vulgares remiendos. Las personas que me conocen sospecharán sin duda de esta afirmación, pero como dije, prefiero que la dejen pasar con indulgencia como si todavía fuese una niña pequeña. Tengo una tesis pendiendo sobre mi cabeza como la consabida espada de Damocles, debo perder kilos, tengo proyectos vulgares como los de todo el mundo como viajar y cambiar el color de las paredes de mi cuarto. Pero de ahí a partir mi vida en dos, a rehacerme a fuerza de juramentos, eso no podría hacerlo. Quizá en otros momentos he deseado hacer realmente un cambio, pero éstos no pasan nunca del cerco de mi psique, del complicado orbe que entretejen mis hormonas, neuronas y fluidos. Así que las cosas parecen seguir iguales afuera, en esa felicidad mía que no es plana y coloreada, sino densa, llena de altibajos y malcriadeces, nunca frustraciones. Asumo los años nuevos, desde hace ya bastante tiempo, con humor e ironía, confiada en la suerte que siempre me ha amparado. No sé qué podré hacer si esa fortuna se disuelve algún día en diatribas de mi condición adulta, no sé qué haré cuando todo me obligue a comportarme a la altura y resolver asuntos serios, qué pasará cuando la ansiedad y la queja, la rebeldía sin causa que me impulsa a crear se convierta en auténtica tristeza o melancolía, por otro lado mucho más productivas en esto de crear que la tranquilidad. Supongo que me volveré un ser más gris, o quizá más interesante. Quién sabe. Total que por ahora sólo siento el leve temblor de la rutina que sobreviene en 4 días, las ganas de llevar adelante los planes que emprendí en el cole y en la facultad; se me viene la renuncia a uno de mis tres trabajos y el parcelamiento del tiempo -acorralando el ocio claro está- para la tesis y el bajo pendientes. Ufff. Sólo la enumeración cansa. Adónde se habrán ido los días en los que podía pasar un día entero en la cama, al rescoldo de una buena novela? cuándo tuvo lugar esta metamorfosis en pulpo/araña que me ha volcado el ser? Dado que todo el mundo se toma la molestia de esperar cambios en este año nuevo, me anoto yo también. Si algo demando -no pido, EXIJO- de este nuevo año, es la vuelta de mi ocio, ese lado oscuro y pasivo del hedonismo, el lado yang de la existencia. Quiero paz, no para el mundo, la quiero para mi. Quiero seguir recibiendo y dando a destajo, sin presiones, sin trueques, lo que necesite dar o recibir. Quiero pequeñísimos logros, no éxitos, como una nueva receta que resulta un domingo cualquiera, una canción que redescubres tras años sin oirla. Quiero... quiero.... ¿no es más placentero querer que prometer? Jamás un beso de boda será como un primer beso. Anhelar, desear, amar, querer. Ojalá que los nueva-era tengan un poco de razón y querer algo sea lo mismo que alcanzarlo. Pero la cosa es el decreto, no la promesa, no el juramento. Ojalá que muchos de mis amigos se avocasen a desear cambios más que a exigírselos a sí mismos. La auto-exigencia conlleva una implacable carga de responsabilidad, y si los planes no funcionan, sólo queda la odiosa frustración. A veces creo que la búsqueda empecinada de algo sólo lo aleja más y más. La vida a ratos quiere dejarse llevar y elevar sus acontecimientos a los niveles de la suerte, del destino; entonces armarse de planes sólidos no siempre será la mejor alternativa. Anhelar, desear, amar, querer. Qué más nos queda para enfrentarnos a un futuro tan etéreo, informe, desconocido. Qué más da sino desear.
Particularmente me resulta terrorífico andar lanzando promesas al aire. Prefiero no ser tomada en cuenta o ser escuchada con la atención que se le presta al niño flojo que promete no raspar ni una materia este año escolar. Prefiero ser ignorada cuando prometo porque me cansan, me afligen las expectativas que la gente pueda formarse de mi. Y un año nuevo, francamente, no me justifica la mudanza. Debo decir que los cambios a los que aspiro no se miden por años: los que conozco han sido generalmente bruscos, de una semana a la otra, suceden sin mi consentimiento, y por suerte, casi siempre fueron positivos. Me gusta en líneas generales mi vida, y los cambios que podría inflingirle no pasan de una costurita que otra, simples y vulgares remiendos. Las personas que me conocen sospecharán sin duda de esta afirmación, pero como dije, prefiero que la dejen pasar con indulgencia como si todavía fuese una niña pequeña. Tengo una tesis pendiendo sobre mi cabeza como la consabida espada de Damocles, debo perder kilos, tengo proyectos vulgares como los de todo el mundo como viajar y cambiar el color de las paredes de mi cuarto. Pero de ahí a partir mi vida en dos, a rehacerme a fuerza de juramentos, eso no podría hacerlo. Quizá en otros momentos he deseado hacer realmente un cambio, pero éstos no pasan nunca del cerco de mi psique, del complicado orbe que entretejen mis hormonas, neuronas y fluidos. Así que las cosas parecen seguir iguales afuera, en esa felicidad mía que no es plana y coloreada, sino densa, llena de altibajos y malcriadeces, nunca frustraciones. Asumo los años nuevos, desde hace ya bastante tiempo, con humor e ironía, confiada en la suerte que siempre me ha amparado. No sé qué podré hacer si esa fortuna se disuelve algún día en diatribas de mi condición adulta, no sé qué haré cuando todo me obligue a comportarme a la altura y resolver asuntos serios, qué pasará cuando la ansiedad y la queja, la rebeldía sin causa que me impulsa a crear se convierta en auténtica tristeza o melancolía, por otro lado mucho más productivas en esto de crear que la tranquilidad. Supongo que me volveré un ser más gris, o quizá más interesante. Quién sabe. Total que por ahora sólo siento el leve temblor de la rutina que sobreviene en 4 días, las ganas de llevar adelante los planes que emprendí en el cole y en la facultad; se me viene la renuncia a uno de mis tres trabajos y el parcelamiento del tiempo -acorralando el ocio claro está- para la tesis y el bajo pendientes. Ufff. Sólo la enumeración cansa. Adónde se habrán ido los días en los que podía pasar un día entero en la cama, al rescoldo de una buena novela? cuándo tuvo lugar esta metamorfosis en pulpo/araña que me ha volcado el ser? Dado que todo el mundo se toma la molestia de esperar cambios en este año nuevo, me anoto yo también. Si algo demando -no pido, EXIJO- de este nuevo año, es la vuelta de mi ocio, ese lado oscuro y pasivo del hedonismo, el lado yang de la existencia. Quiero paz, no para el mundo, la quiero para mi. Quiero seguir recibiendo y dando a destajo, sin presiones, sin trueques, lo que necesite dar o recibir. Quiero pequeñísimos logros, no éxitos, como una nueva receta que resulta un domingo cualquiera, una canción que redescubres tras años sin oirla. Quiero... quiero.... ¿no es más placentero querer que prometer? Jamás un beso de boda será como un primer beso. Anhelar, desear, amar, querer. Ojalá que los nueva-era tengan un poco de razón y querer algo sea lo mismo que alcanzarlo. Pero la cosa es el decreto, no la promesa, no el juramento. Ojalá que muchos de mis amigos se avocasen a desear cambios más que a exigírselos a sí mismos. La auto-exigencia conlleva una implacable carga de responsabilidad, y si los planes no funcionan, sólo queda la odiosa frustración. A veces creo que la búsqueda empecinada de algo sólo lo aleja más y más. La vida a ratos quiere dejarse llevar y elevar sus acontecimientos a los niveles de la suerte, del destino; entonces armarse de planes sólidos no siempre será la mejor alternativa. Anhelar, desear, amar, querer. Qué más nos queda para enfrentarnos a un futuro tan etéreo, informe, desconocido. Qué más da sino desear.
sábado 30 de diciembre de 2006
Esta plácida desidia
Hay un aire de abandono, de quietud no buscada, cuando lo que por mucho tiempo estuviste esperando se acerca, pasa y se va. Ya no quedan más expectativas, ya no tendrán sentido los planes, las previsiones. Simplemente te quedas sumido en un limbo de experiencias que comienzan a tomar ese matiz fabulado de lo que nos ha hecho felices alguna vez. Lo mitificas, y el pasado se vuelve un campo sólido de recuerdos que sólo acepta valores absolutos: amor, alegría, felicidad en fin. Y así se va tejiendo la vida hacia atrás, a retazos de recuerdos e invenciones, resultando imposible reconocer dónde comienza la experiencia real y dónde la ficcionada. Creo que la infelicidad se vale también de estos disfraces y artificios donde los sentimientos se homogeneizan y entonces todo pasa a ser una desgracia a pesar de que en aquel momento así no lo pareciese.
Cuando todo vuelve a la normalidad -la rutina de la casa, la lavadora, la secadora, los comentarios habituales-, no hay manera de asumir los días pasados desde una óptica real, pues lo real y lo normal se hermanan mientras lo distinto - dormir en otra cama, hurgar la maleta antes de bañarte- se idealiza por la sola presencia de quienes estuvieron allí contigo. La navidad da para esto y mucho más: da para volverte niña ansiosa por sus regalos, malcriada; da para abrazar a todo el mundo con la excusa de ir acumulando el cariño para el resto del año. También alcanza para volverte artificialmente melancólica y escribir cosas como éstas. Quizá ésta sea realmente la salida lógica del asunto: asumir mi normalidad con pereza, hambre biblio-cine-fílica, mientras intento traducir este sociego necio y medio autista en letras.
Cuando todo vuelve a la normalidad -la rutina de la casa, la lavadora, la secadora, los comentarios habituales-, no hay manera de asumir los días pasados desde una óptica real, pues lo real y lo normal se hermanan mientras lo distinto - dormir en otra cama, hurgar la maleta antes de bañarte- se idealiza por la sola presencia de quienes estuvieron allí contigo. La navidad da para esto y mucho más: da para volverte niña ansiosa por sus regalos, malcriada; da para abrazar a todo el mundo con la excusa de ir acumulando el cariño para el resto del año. También alcanza para volverte artificialmente melancólica y escribir cosas como éstas. Quizá ésta sea realmente la salida lógica del asunto: asumir mi normalidad con pereza, hambre biblio-cine-fílica, mientras intento traducir este sociego necio y medio autista en letras.
miércoles 27 de diciembre de 2006
sábado 23 de diciembre de 2006
Fuck off
- Los que te preguntan si son lentes de contacto.
- El gozón de la fiesta que siempre es un gordito simpático que echa chistes/canta canciones de ayerhoyysiempre y se va de último.
- Los que le dicen Silvio a Silvio Rodríguez.
- Todo el que tolere a Ricardo Arjona.
- Los que te hablan de literatura citando a Coelho.
- Todos los babosos del planeta, el cosmos y más allá.
- Los que me dicen María.
- Las vendedoras a la orden/ésto se está llevando.
- Las que te dicen que el rubio te iría bien.
- Los soñadores necesarios.
- Los desconocidos que te cantan pedazos de canciones en la calle.
- Los rockeros instantáneos: sólo añada agua, converses y listo!
- Y muy especialmente dedicado a estas fechas, Luis Miguel cantando a lo Sinatra.
viernes 22 de diciembre de 2006
No puedo explicarme mejor
"Sigo tan sediento de absoluto como cuando tenía veinte años, pero la delicada crispación, la delicia ácida y mordiente del acto creador o de la simple contemplación de la belleza no me parecen ya un premio, un acceso a una realidad absoluta y satisfactoria. Sólo hay una belleza que todavía puede darme ese acceso, aquella que es un fin y no un medio y que lo es porque su creador ha identificado en sí mismo su sentido de la condición humana con su sentido de la condición artística. En cambio el plano meramente estético me parece eso: meramente. No puedo explicarme mejor"
J. Cortázar
J. Cortázar
miércoles 20 de diciembre de 2006
Bestiario: Gallinas II
Porque las metáforas son los tropos más putos que existen: te permiten establecer relaciones haladas de los pelos, extrañas, absolutamente caprichosas, y sin embargo legitimadas no por la lógica, el silogismo, sino por la filosofía y más aún, el arte. Por eso es que yo me encapricho con las gallinas. Estamos, en esta sociedad humana, metafóricamente rodeados de gallinas. Nunca te has preguntado, ocioso lector, el por qué de esos peinados que una que otra vieja porta con aire de primera dama? esas verdaderas pelambres abombadas a fuerza de laca y cepillo que amenazan con caer desde la coronilla en cualquier momento? es como una suerte de crestita que incrementa el tamaño en el espacio de la doña en cuestión, creando la ilusión de superioridad social mientras más altos son. Pero esto no se queda allí: el copete representa sólo un signo tangible que oculta la verdadera vocación gallinácea. Hay, cómo decirlo?, cierta manía en estas doñas de sobreprotegerlo a uno, de preocuparse por cualquier cosa, de alarmarse hasta extremos incalificables por la gente que no le son familia. Tienen la rigurosa costumbre de entrepitearlo todo, pues todo, como buena picatierra, constituye digno objeto de su atención. Ésto no lo hacen por maldad o chisme, como muchos nos habremos inclinado a juzgar apresurados; la verdad es que esta necesidad de ser metiche no es más que el instinto maternal exacerbado que, unido a la transición del tiempo -evidente en el pellejo que cuelga del pescuezo-, les hace verlo a uno con un aura de escándalo. Para ellas es difícil aceptar de una buena vez que las cosas han cambiado, y que no hay manera de que sus rancios argumentos despierten algún respeto o aún sean escuchados por los demás. Eso no lo entienden, no pueden asimilarlo. A las gallinas se les sigue la corriente, se les deja ser en su salón de café y galletas, hablar del mundo entero, como se las deja ser en el patio escarbando, buscando gusanitos. Ellas están limitadas por el ocio de una vida de ama de casa que las va acorralando y acercando a sus semejantes, y que descubren de pronto que no hay nada bueno en la televisión si se compara con la telenovela de la hija de la vecina que cambia de novio tres veces al mes, o con las peripecias reales que comentan en Hola, descubren también que los años ya le pegan en los juanetes, que se acerca la muerte y debe acercarse a Dios. Se meten a cureras, damas salecianas, tías que llegan sin avisar, que -celestinas picaronas- inventan uniones, en fin, cualquier excusa para socializar porque les aterra la soledad y para ellas nada mejor que un tibio gallinero. Y el fatídico día de su debut social, se tiñen el pelo de un color rojizo y se mandan a erigir el copete. Todos conocemos alguna de estas gallinas, y lo mejor que tienen es que se comportan como una brújula invertida: es el lugar donde ninguna mujer en su sano juicio quiere ir a dar. Pero es lamentable cómo el paso del tiempo, la soledad y la abstinencia sexual pueden socavar el alma verdadera y engendrar el huevo del cual se erigirá un buen día, majestuosa y olorosa a Jean Naté, una gallina. O quizá todas las mujeres seamos en verdad, gallinas potenciales, en cuyo caso recomendaría a todos los hombres extirpar meticulosamente cada ovario o escapar mientras aún haya tiempo.
Pero hay que decir que la gallina, como toda aberración, tiene su encanto natural. Qué sería de los nietos o aún hijos sin su respectiva gallina? quién nos meterá bajo sus dos alas, acurrucaditos, si éstas se extiguiesen? La vida es bizarra; nuestros afectos se articulan con las experiencias en una operación binaria de amor y odio. Serán siempre el espejo del que huimos y hacia el cual no dejamos de tener cierta ternura. Por eso, valga una apología de la gallina.
Pero hay que decir que la gallina, como toda aberración, tiene su encanto natural. Qué sería de los nietos o aún hijos sin su respectiva gallina? quién nos meterá bajo sus dos alas, acurrucaditos, si éstas se extiguiesen? La vida es bizarra; nuestros afectos se articulan con las experiencias en una operación binaria de amor y odio. Serán siempre el espejo del que huimos y hacia el cual no dejamos de tener cierta ternura. Por eso, valga una apología de la gallina.
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